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No es común en nuestros días hallar jóvenes mentes tan despiertas, cultivadas y con ansias de aprendizaje, con pulsión inagotable, de poderosa pasión, por la lectura y la escritura, como Pedro Lecanda Jiménez-Alfaro, y menos todavía con una profundidad tan admirable que si bien leemos entre sus líneas, también hallar podemos entre sus omisiones.