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El libro del que era personaje, protagonista, la había bautizado en su primer capítulo. Posiblemente en la primera página. Y, de ahí en adelante, nunca más se repitió su nombre. O se repitió pero con nombres que no eran el suyo. Era una prostituta. Prostituta era su metier, su sustento, tal vez su pecado o su castigo y… su nombre. Ella también era culpable de no llevar un nombre de mujer. Uno, uno solo. Me llamo como vos quieras que me llame . No tenía ningún nombre. Tenía el nombre de todas o de ninguna.No importaba. El libro le quitó su nombre antes del final de la primera hoja. Pero le dio la gracia del poder. La adjetivó con deseo, lujuria, dinero, poder. La convirtió en propietaria del sí y, por lo tanto, también del no. Y, así, la convirtió en dueña de ellos que simulaban ser de otras.Ahora, el libro se adueñaría de las estanterías en las librerías. Y de las cenas entre maridos y mujeres de maridos que recurren a prostitutas. Y de las reuniones de directorio y de las asambleas de accionistas. Y los poderosos se desvestirían de su poder. Y, una vez más, ella, la sin nombre, los tendría desnudos frent