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Durante siglos, acudir al médico supuso más riesgos que beneficios. Se ignoraba casi todo sobre la anatomía y la fisiología humanas y todo sobre la microbiología. los diagnósticos carecían de rigor. y las soluciones terapéuticas se debían más a la superstición, la costumbre atávica o la veneración e imitación de supuestos maestros que a una eficacia empírica. Sangrías, enemas, trepanaciones y un sinfín de procedimientos terroríficos son la prueba de un desconocimiento que llega hasta bien entrado el siglo XIX y que la buena voluntad y la experiencia de los facultativos apenas podían paliar.