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Dios no tiene nada que ver con esto. Algunas familias corren por las vías y en la penumbra de los parques observan a los ángeles devorándose las alas unos a otros. Vienen de Londres, de un Londres donde ya nada es posible, donde los boxeadores salen a la calle y aporrean putas, puentes, transeúntes. Idiotizados todos por la música infame de los telediarios. David Torres, el poeta, nada tiene que hacer. Trajo del mar de su padre un atavío libertario, un terno de papel lleno de flores secas, un vestido para su novia donde el agua rompía ordenadamente sobre los acantilados de la ingratitud, sobre las vidas de las cantantes de ópera, sobre el Dios cruel que estraga y dice yo soy quien soy. Hubo otro tiempo para la venganza, otra la casa donde abrazarse vencidos, otros los cuerpos muertos de nuestros amores muertos, y los perros que salvan a otros perros, y el óxido que se eterniza en los petroleros, y el paso lento y trabajoso de nuestras familias y nuestro perdón. Sobre mi mesa, David, en este libro brutal, lírico, valiente, las palabras te buscan. Consuelas mi corazón perdido. Me dejas la esperanza y la amistad. El solar viejo de nuestra infancia pobre, de nuestros padres pobres, de los pupitres corridos donde nos apretujábamos para ganar calor y vencer al miedo, la torpeza y las pedradas, la gasa sanadora de todas las heridas.+ Jesús Urceloy CONTENIDOScelebración de David Torres11 breve historia de España15 a pie20 relatividad21 Dido en Cartago22 cancrizant24 el último poema de Londres25 retrato de familia26 lupus29 Cristo de nuevo resucitado31 ofrenda33 los poetas babilónicos36 amanecer de los muertos38 marina40 material de derribo41 cañerías43 el petrolero embarrancado45 primera vez50 himno51 manifiesto consumista52 Shackleton abandona el Endurance54 horizonte de sucesos56