Suscríbete a nuestro boletín de novedades y recíbelo en tu email.
Cuando imaginamos los icebergs, vemos un mundo de montaÛas de hielo inmÒviles, atrapadas debajo de una espesa alfombra de nieve. Los icebergs flotan indiferentes por las aguas heladas, eternos vagabundos solitarios en medio de un silencio total. Todo es hielo. Ninguna alma viva. Nada, sin embargo, podrÍa estar mÄs lejos de la verdad, los icebergs no son sinÒnimos de inmovilidad, son espacios vivos, podemos oÍr su rugido ensordecedor, son agentes y socios de especies y ecosistemas. Y hay alguien que habita estas masas heladas con sus existencias glaciales.